Enseñanzas de la vida en la playa de Tanah Lot

Llegamos a punto de caer la tarde, a esa hora en la que, durante unos minutos, se puede llegar al templo de Tanah Lot caminando. Cruzamos hasta llegar a un sacerdote que hábilmente escondió una flor entre nuestro pelo y nos purificó poniéndonos un pegote de arroz en la frente.

Ya purificadas, nos fuimos despavoridas como unas turistas que entran en razón y quieren huir de sus homólogos. La suerte tuvo a bien poner en nuestro destino un caminito. Salía a la izquierda de una senda que seguíamos y con la que queríamos apurar nuestra estancia en ese maravilloso lugar. Nos asomamos y ante nuestros ojos se abrió un mundo completamente diferente: una cala enorme en la que el agua intentaba tocar con la punta de sus olas las rocas que la resguardaban. Entre la puntilla de la resaca, tres niñas saltaban con sus patitas delgadas y las bermudas mojadas.

Bajamos como atraídas por una fuerza incontrolable que podríamos llamar curiosidad. A pesar de las hordas de turistas que poblaban el entorno, se hizo un silencio de otro mundo acompañado solamente por las risas de esas niñas y el rumor del oleaje, que diría Mishima.

Yo me descalcé antes de tocar la arena inmaculada. No me importó notar en la planta de los pies las aristas de las rocas porque sabía que después me esperaba el bálsamo del mar. Han pasado casi tres años y todavía puedo recordar la emoción que recorrió mi cuerpo cuando toqué aquella arena firme. García Márquez habría pensado que, por un momento, las olas habían traspasado mis pies, subido hasta mis ojos, y brotado en forma de lágrimas. Nunca he sabido por qué ocurrió aquello. Quizás García Márquez hubiese tenido razón.

Mi amiga y yo comenzamos a andar por la orilla con los sentidos completamente abiertos, como cuando extiendes los brazos hasta el infinito para que coja brío un abrazo. Durante un rato estuvimos allí, encerradas, en esa playa sin salida, viendo cómo subía la marea mientras, vigiladas de lejos por el templo de Tanah Lot, rumiábamos nuestras miserias en silencio mirando a ningún sitio.

Cuando la marea nos advirtió que nuestra tregua había terminado, recogimos nuestras zapatillas. Al lado de una de ellas había un coco estancado. Decidimos cogerlo, meter ahí todas nuestras penas y lanzarlo lejos, muy lejos, como solo puede lanzarse un demonio. Así lo hicimos, pusimos nuestra mano sobre ese coco y después, cogí carrerilla y lo tiré muy lejos. Como un demonio que se resiste y se retuerce, volvió a los pocos segundos a nuestros pies, acompañado por otro coco.

En ese momento creímos que los guardianes del mar que habitan el templo de Tanah Lot, junto con las terribles serpientes marinas que lo guardan, se negaban a concedernos nuestro deseo, e incluso a hacernos creer que podrían concedérnoslo. Durante un par de minutos, intentamos desesperadamente devolver los cocos al fin del mar, mientras que este, con la misma desesperación, nos los devolvía.

La marea ganó la batalla y nos batimos en retirada bajo una tormenta que nos caló más allá de los huesos mientras volvíamos preocupadas a casa, sin mapa, en una pequeña y destartalada moto y con un mensaje de los dioses que no supimos cómo interpretar.

Con el tiempo he descubierto que aquella tarde de julio, en aquella playa habitada por un silencio de otro mundo, el mar nos enseñó que, en nuestras manos y no lejos, está la oportunidad de aceptar la realidad y cambiar nuestras vidas.

Camino Ballesteros es bloguera, escritora, viajera y gran aficionada a la literatura. Puedes leer su blog en “Desde la palmera