Recuerdos de una infancia en las Playas de San Sebastián

“Amo San Sebastián: es como una madre que abre sus brazos. El Urgull, Igueldo, La Concha… La Perla y El Aquarium.

Las playas de San Sebastián, … la ciudad…, me trae recuerdos de infancia, de pintxos, de niño con mis padres, de excursiones a Lasarte o a Orio. A Biarritz. Recuerdos de comilonas, de carreras de caballos, de visitas al aquarium.

Recuerdos de paseos por la playa de Ondarreta, de nadar, de coger cangrejos, de cambiarnos en lindas casetas, del buen gusto y de un niño luchando contra el mar para que no derribase su construcción.

Vuelvo a Donosti, al Palacio de Miramar… Y recuerdo. Y transmito como directos de Cursos de Verano. Más que una playa, un recuerdo, una vida”.

Hace unos meses Javier Urra accedió a compartir sus recuerdos de infancia en las playas de San Sebastián, bañado por las olas de la Concha o de Ondarreta, por excursiones a los bellos lugares playeros que lo rodean.

Y Javier también accedió a compartir con nosotros una de las bonitas historias que cuenta en su libro “Qué se le puede pedir a la vida“. Una historia con un mensaje profundo e intenso (como lo es el libro) que, como no, transcurre en una playa y que queremos compartir con vosotros… Es “Un pequeño gesto”:

“Puedo contar esta historia de primera mano, pues mientras terminaba de escribir este libro en el verano del levante español, salía a caminar una hora por la playa antes de que el sol implacable se elevara en el firmamento. Una mañana observé a un joven que se agachaba en la arena, cogía algo, corría hacia el mar, lo lanzaba lejos y volvía a recoger lo que fuera en la arena. Picado por la curiosidad, me acerqué y comprobé que se trataba de estrellas de mar que tiraba mar adentro. Pregunté al chico qué estaba haciendo y me contestó que salvar a las estrellas de mar antes de que el sol las deshidratase y murieran.

Le argumenté que había cientos o miles fuera del agua y que no podrá salvarlas a todas. El joven miró a la estrella que tenía en la mano, después me miró a mi y con convicción me dijo: “Es verdad, no podré salvar a todas, pero esta notará la diferencia”.

Y continuó febrilmente con su generosa actividad. Seguí caminando y regresé a escribir pero no me concentraba. La frase “pero esta notará la diferencia” hacía eco en mi cerebro. Comprendí que un pequeño gesto conlleva un pequeño cambio que si bien puede no llegar a afectar a los resultados finales, siempre es valioso -y a veces vital- para quien se beneficia de él.

A la mañana siguiente pensé en lo importante que era para una sola estrella e mar ese gesto. Era muy temprano cuando un paseante advirtió con asombro que dos personas, una joven y otra menos joven, corrían de la playa a la mar y lanzaban algo, parecía un baile o un ritual. Lentamente empezó a acercarse para ver con exactitud lo que hacían…

estrella de mar