Como has oído: odio la playa

Odio la playa, siempre la he odiado, pero odio la playa como fenómeno social, como lugar de encuentro y de obligadas vacaciones. La odio como odio el futbol o cualquier fenómenos de masas.

Odio la arena, la arena que se te mete entre los dedos de los pies el primer día de vacaciones y que no logras quitarte del todo hasta navidades. Odio los niños, los niños de los demás que saltan desconsideradamente junto a mi toalla y me salpican de arena después de que yo haya invertido media mañana en ponerla junto a la orilla, en un lugar que creía tranquilo y con el máximo cuidado para mantenerla limpia y poder secarme con ella.

Odio secarme con una toalla impregnada de arena y hacerme un peeling al salir del agua, y arrancarme, así, la piel quemada de los días anteriores. Me asombra y me preocupa la fantasía sexual de aquellos que se vuelven locos por hacer el amor en la playa, les aseguro que veinte años después cuando les hagan su primera colonoscopia, el médico encontrará, en su trasero, granos de arena de aquel primer polvo con una inglesa en Salou.

Odio las medusas, odio las medusas que llenan todos los veranos el mediterráneo y hacen que meterte en el mar sea toda una aventura. Odio la psicosis de los bañistas cuando hay medusas a la vista. He visto reacciones de madres en la orilla al ver un banco de medusas, junto a sus hijos, que rebajaría la película tiburón a la categoría de comedia romántica. Odio los condones que flotan por el mar con forma de medusa, los odio tanto o más que las medusas, y deseo con todas mis ganas que aquel que lo usó nunca acabe de sacarse la arena del culo.

Odio la mezcla de sal y sudor, odio esa humedad bochornosa de la playa en verano, que hace que estés todo el día sudando por más que te hidrates. Odio el caloret.

Odio ese picor de la sal en tu cuerpo tanto como odio el picor del sol, y las peleas con tu cuñado por meterte en un hueco debajo de una sombrilla. Odio bajar la sombrilla a la playa. Pero odio más pagar por alquilar una sombrilla con su correspondiente tumbona, odio esa tumbona húmeda, porque así la dejó el último que la ocupó, odio esa tumbona llena de arena y de sal, por más que la sacuda el chico de las sombrillas. Odio pensar quién ocupó por la noche esa tumbona.

Odio ver familias enteras bajando a la playa con el melón, la sandía y la abuela. Pero también odio los grupos de amigos que se cuentan con alegría las aventuras y las casi conquistas de la última noche. Odio las parejas, en las que él se aburre como una ostra mientras ella es capaz de pasar horas y horas sin moverse.

Odio a los cachas que juegan a las palas, al vóley e incluso al fútbol. Odio el futbol. Odio encontrarme a conocidos en bañador, y odio encontrarme a conocidas en topless que se tapan nada más verme, después de haberle enseñado las tetas a medio mundo.

Odio profundamente encontrarme con conocidos y mostrarme medio en pelotas sin haberlo elegido yo. Un bañador puede acabar con la dignidad conseguida tras años y años de conferencias y clases universitarias.

Sí, amigos, la playa saca lo peor de mi mismo, porque puedo llegar a odiar a toda la clase humana. Odio ese fenómeno social llamado playa. Por eso si este verano paseasteis por la playa, no me encontraríais junto a la orilla: buscadme un poco más arriba, en el chiringuito, e incluso buscadme un poco más tarde, en el otoño.

Porque así como odio la playa reconozco que no hay placer más grande que tomar una cerveza, tranquilo, mirando el mar, mientras oyes el romper de las olas, y ves las gaviotas sobrevolar los cercanos acantilados. Y es que la playa no es un lugar físico, es una experiencia, y cada uno tenemos que elegir la nuestra, y yo ya sé dónde buscarla….

Carlos-Hernández

Carlos Hernández es Consultor y Director en DOSABRAZOS, e imparte formación con un estilo creativo y desenfadado. Cursos, seminarios y conferencias sobre habilidades sociales y directivas en la empresa que convierte en experiencias únicas.